NUEVA ORLEANS, Louisiana. — Desde afuera, el antiguo local de la tienda Family Dollar, en el 9th Ward, luce intimidante. Está cubierto de grafitis y en el estacionamiento hay latas de aluminio y basura. Está ubicado en una calle con otros terrenos baldíos y edificios en ruinas: símbolos de la devastación persistente que este vecindario, uno de los más pobres de la ciudad, ha sufrido desde el huracán Katrina.
Pero por dentro, el lugar es un oasis acogedor. Luces colgantes decoran los estantes de ropa donada. Hay repisas y contenedores llenos de libros infantiles, medicamentos para la alergia y artículos de higiene personal. Separado por cortinas, hay un salón con un escenario para músicos y un letrero de neón con patines, para las noches gratuitas de patinaje que se organizan cada semana.
El espacio es en parte tienda gratuita de segunda mano, en parte farmacia de medicamentos de venta libre, sede de conciertos punk y en su totalidad “un centro comunitario radical”, explicó Dan Bingler, quien lo administra.
Bingler es mesero y bartender en la ciudad, y fundó una organización de ayuda mutua llamada Greater New Orleans Caring Collective. Contó que los dueños del edificio le permiten usar el espacio siempre y cuando él pague el agua, la luz y la recolección de basura.
Los lunes por la tarde, se presentan voluntarios de otras organizaciones comunitarias —algunos de ellos solían instalarse en el estacionamiento antes de que Bingler abriera el local—. Ofrecen pruebas gratuitas de infecciones de transmisión sexual, atención médica básica, comidas calientes, jeringas estériles y otros suministros para personas que utilizan drogas.
El propósito del lugar es simple, dijo Bingler: “Vamos a asegurarnos de brindar apoyo a la comunidad”.
Aunque lleva varios años en funcionamiento, el espacio se ha vuelto aún más crucial en los últimos meses, con la administración Trump recortando fondos a muchas organizaciones de servicios sociales y adoptando una postura agresiva frente a las personas sin hogar y el consumo de drogas.
En Washington D.C., su administración ha demolido campamentos de tiendas para obligar a quienes viven en la calle a abandonar la ciudad. A nivel nacional, ha pedido que se fuerce a las personas que consumen drogas a iniciar un tratamiento. Ha rechazado la reducción de daños —estrategias que, según expertos en salud pública, protegen a las personas que usan drogas y salvan vidas, pero que sus críticos dicen fomentan el consumo de sustancias ilegales—.
El espacio comunitario en Nueva Orleans —llamado Fred Hampton Free Store, en honor al famoso activista de los Panteras Negras, conocido por unir a grupos diversos para luchar por reformas sociales— busca ser un refugio frente a todos estos cambios.
Bingler dijo que no recibe fondos federales, ni subvenciones estatales o locales, ni dinero de fundaciones. Simplemente son vecinos ayudando a vecinos, dijo con la voz entrecortada, y agregó: “Es algo realmente hermoso poder compartir este espacio”.
Todos los artículos del lugar provienen de personas u organizaciones de la comunidad. En una ocasión, contó Bingler, un hotel local que estaba en remodelación donó 50 televisores de pantalla plana.
En las noches que el local está abierto, suelen llegar más de 100 personas, agregó.
Una noche de otoño, decenas de personas buscaban ropa gratuita y medicamentos de venta libre. Otros estaban sentados sobre el césped, conversando mientras vigilaban sus bicicletas o carritos de supermercado llenos de pertenencias.
James Beshears pasó por el grupo de reducción de daños en el estacionamiento para recibir suministros estériles que usa para inyectarse heroína y fentanilo. Dijo que estuvo en tratamiento durante años, pero recayó cuando su doctor se mudó y lo derivaron a una clínica que cobraba $250 por día. Las drogas callejeras eran más baratas que el tratamiento, comentó.
Quiere dejar de consumir. Pero hasta que encuentre atención médica accesible, lugares como esta tienda gratuita lo ayudan a seguir adelante. Sin ella, dijo, ya tendría “un pie en la tumba”.
Otro hombre en el estacionamiento esperaba la llegada de Aquil Bey, un paramédico y ex miembro de las fuerzas especiales del ejército, conocido por ayudar a personas a superar obstáculos para acceder a atención médica. Apenas vio la camioneta negra de Bey, corrió a encontrarlo.
“Tengo enfermedad renal en etapa 4”, le dijo, y añadió que tenía citas programadas en el hospital, pero que le costaba llegar.
“Hazme un favor”, le respondió Bey mientras bajaba mesas plegables y equipo médico de su auto. “Cuando llegue nuestro equipo, ven a vernos. Tal vez podamos conseguirte transporte”.
Bey es fundador de Freestanding Communities, una organización dirigida por voluntarios que ofrece atención médica básica gratuita y derivaciones a personas sin hogar, que usan drogas o pertenecen a otras comunidades vulnerables. El grupo tiene presencia constante en la tienda gratuita.
Ese día, Bey y su equipo conectaron al hombre que necesitaba tratamiento para su enfermedad renal con programas de transporte de bajo costo. También hicieron controles de presión arterial y azúcar en sangre, trataron heridas infectadas y llamaron a clínicas para pedir citas para pacientes que no tienen teléfono.
Un hombre con una lesión en la pierna mencionó que dormía en el piso de concreto de una base naval abandonada. Bey notó que en la sección de muebles del local había un colchón. Junto con otro voluntario, lo cargó, lo amarró al techo de un auto y lo llevó hasta donde dormía el hombre.
“Estamos tratando de identificar todas estas barreras” que enfrenta la gente y “buscar formas de resolverlas”, dijo Bey.
La clínica en la tienda gratuita ayudó a Stephen Wiltz a conectarse con tratamiento para su adicción. Nació y creció en el Lower 9th Ward, y había estado consumiendo drogas desde los 10 años.
Cansado de la discriminación por parte de doctores que lo culpaban por su adicción, Wiltz dijo que evitaba ir a cualquier centro de tratamiento. Pero después de años de conocer a los voluntarios de la tienda gratuita, confió en ellos para que lo orientaran.
A sus 56, estaba en recuperación sostenida por primera vez en su vida, dijo en una entrevista telefónica en otoño.
Esos voluntarios “cuidaron de personas que no tenían a nadie que los cuidara”, afirmó.
Cuando cayó el sol esa noche en la tienda, una banda punk empezó a preparar su presentación al otro lado del salón, donde estaba la clínica médica. Las luces se atenuaron y la música comenzó a sonar a todo volumen, un recordatorio de que no se trata de una clínica ni de un centro comunitario convencional.
Bey seguía atendiendo a un paciente con gota.
“Ya me acostumbré al sonido”, dijo sobre los golpes rápidos de la batería y los acordes potentes. “A veces hasta me gusta”.
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