Bancos, primera línea de batalla contra los fraudes financieros a adultos mayores

La primera llamada llegó justo antes del Día de Acción de Gracias del año pasado. No reconoció el número, pero respondió de todos modos.

“La persona dijo que era un oficial del Departamento de Investigaciones Criminales que trabajaba en un caso de tráfico de drogas y lavado de dinero”, recordó la mujer. Parecía saber mucho sobre ella: los estados donde ella y su difunto esposo habían vivido, el nombre y la ocupación de él y su dirección actual en el condado de Washington, en Rhode Island.

En el teléfono, él le mostró una placa convincente y una identificación con su nombre (“Frank algo”), además de un artículo que describía la supuesta investigación. La mujer, una jubilada de 76 años, negó cualquier participación.

“Puede contratar a un abogado penal muy caro o bien cooperar conmigo”, le dijo Frank.

“Ahora, cuando uno lo piensa, no tiene ningún sentido”, reconoció recientemente la mujer. Pero convencida por la placa y la identificación, aceptó cooperar. De lo contrario, “pensé que iban a venir a arrestarme”.

Frank llamaba cada mañana para saber a dónde iba y qué estaba haciendo. Su equipo estaría vigilando, le advirtió. La mujer, sintiéndose “aterrada”, empezó a mirar a su alrededor mientras asistía a las reuniones del club de jardinería. ¿La estaría siguiendo alguien?

Todo era una estafa.

La falta de denuncias, muchas veces motivada por la vergüenza, dificulta estimar la magnitud de la explotación financiera de las personas mayores. La Comisión Federal de Comercio (FTC, por sus siglas en inglés) estimó que las pérdidas reportadas fueron de $2.400 millones en 2024, principalmente debido a estafas románticas e inversión, así como a robos de identidad. Las pérdidas totales, sin embargo, son mucho mayores.

Los estadounidenses mayores de 60 años pierden más de $28.000 millones cada año por explotación financiera, estimó AARP (American Association of Retired Persons) en 2023.

A medida que estas cifras aumentan, debido al envejecimiento de la población y a que los estafadores se vuelven cada vez más ingeniosos, los bancos y las firmas de inversión se están convirtiendo en la primera línea de defensa.

El objetivo inicial de Frank era la cuenta de la mujer en Fidelity Investments. Le indicó que transfiriera alrededor de $250.000 a su cuenta corriente y que le dijera al asesor financiero de la oficina local que ella y su familia planeaban comprar propiedades.

Ese plan fracasó cuando el asesor dijo que Fidelity no podía aprobar la transacción sin más información sobre la propiedad.

Entonces Frank la envió a su sucursal local de Washington Trust Company para retirar $70.000 en efectivo de una línea de crédito sobre el valor acumulado de su vivienda. “No entregamos tanto efectivo”, dijo la cajera, mientras mandaba discretamente un mensaje al gerente de la sucursal, quien conocía a la mujer y a su esposo desde hacía años.

El gerente llevó a la mujer a su oficina para conversar y allí se detuvo la estafa, con una llamada a la policía local. Los bienes de la mujer permanecieron intactos, pero la experiencia fue tan humillante que ella ni siquiera le ha contado a su familia lo cerca que estuvo de perder gran parte de los ahorros de toda su vida. The New York Times (donde originalmente se publica esta columna) decidió no utilizar su nombre para evitarle más vergüenza.

“Me sentí tan tonta”, dijo. “Me sentí como una ingenua”.

Los estafadores financieros que atacan a los adultos mayores representan “una prioridad mayor para nosotros ahora”, dijo Mary Noons, presidenta y directora de operaciones de Washington Trust.

Como banco comunitario regional, Washington Trust intensificó sus esfuerzos el otoño pasado para asesorar a los clientes mayores y a sus familias sobre temas financieros, incluidos los peligros del fraude y de la explotación de la gente mayor. También publicaron y distribuyeron un folleto titulado “Envejecer con sabiduría” y llevaron a un experto en demencia para capacitar a su personal.

El Washington Trust se convirtió en una de las 1.500 instituciones financieras que, hasta la fecha, han utilizado Bank Safe, un programa gratuito de videos de AARP que capacita a los empleados que atienden directamente al público para detectar señales de alerta que indiquen la posible explotación de personas mayores y así intervenir a tiempo. Todos los empleados de la sucursal donde la mujer de 76 años tenía su cuenta habían recibido esa capacitación.

“Algunos clientes mayores visitan su banco con mucha más frecuencia de la que ven a sus proveedores de atención médica”, señaló la señora Noons.

Hasta hace pocos años, las instituciones financieras ponían “más énfasis en la autonomía del cliente”, dijo Pamela Teaster, directora del Centro de Gerontología de Virginia Tech e investigadora especializada en abuso a personas mayores. Su enfoque era: “un adulto tiene la capacidad de tomar malas decisiones y vamos a permitir que las tome”, agregó.

Pero cambios en políticas y prácticas del gobierno y de la industria han impulsado una mayor vigilancia. El Congreso aprobó la ley Senior Safe en 2018, que protege a bancos y firmas financieras de responsabilidad legal si reportan a las autoridades sospechas de explotación.

Ese mismo año, la Autoridad Reguladora de la Industria Financiera (FINRA) comenzó a exigir que las firmas miembro pidan un contacto de confianza cuando los inversionistas abren o actualizan una cuenta (aunque el titular de la cuenta no está obligado a proporcionarla). Desde 2022, se permite que las entidades pongan en pausa las transacciones de clientes mayores si sospechan que los están tratando de estafar.

Aproximadamente la mitad de los estados han promulgado leyes que permiten a las instituciones financieras rechazar transacciones sospechosas o suspenderlas por un plazo definido para que puedan investigarse, dijo Jilenne Gunther, directora de Bank Safe.

“Esto les pone un freno”, explicó. “Con un poco de tiempo de por medio, el delincuente se pone nervioso y puede que vaya a buscar a otra persona. Y la posible víctima tiene tiempo para detenerse y pensar”.

El análisis de la doctora Teaster sobre datos de BankSafe, durante un programa piloto de seis meses en 82 instituciones financieras, encontró que era más probable que quienes participaban del programa reportaran casos sospechosos y protegieran el dinero de los clientes que un grupo de control.

No todas las pérdidas de los adultos mayores se deben a estafadores. También pueden, por sí solos, dejarse llevar por modas de inversión, asumir demasiadas deudas o tomar decisiones poco prudentes, incluso sin que haya delincuentes manipulándolos ni familiares vaciándoles las cuentas.

Administrar las finanzas implica desafíos cognitivos complejos, dijo el doctor Mark Lachs, codirector de geriatría y medicina paliativa en Weill Cornell Medicine. “Es una tarea que pone a trabajar muchas funciones del cerebro”, explicó: “Memoria para recordar que hay una factura que vence. Función ejecutiva, capacidad de organizar el tiempo. Abstracción, poder proyectarse hacia el futuro”.

Agregó: “No pocas veces los errores financieros son la primera señal de una demencia incipiente o de un trastorno neurocognitivo”.

Un estudio de 2024 del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, por ejemplo, encontró una mayor probabilidad de pagos atrasados y de deterioro en las calificaciones crediticias en los cinco años previos a un diagnóstico de demencia.

Esos errores pueden reducir el acceso al crédito de las personas mayores y aumentar las tasas de interés de sus préstamos justo en el momento en que los gastos de cuidado tienden a aumentar.

El doctor Lachs ha recomendado a otros médicos que reconozcan lo que él llama Vulnerabilidad Financiera Asociada a la Edad, un síndrome que puede afectar incluso a personas mayores con cognición normal, especialmente si enfrentan enfermedades, déficits sensoriales o aislamiento social.

Y sigue siendo escéptico respecto a que  la industria financiera preste mayor atención a sus clientes de más edad. “Todavía veo que se ejecutan transacciones financieras preocupantes sin el nivel de revisión que deberían haber recibido”, dijo.

Capacitar a más empleados de tratan directamente con los clientes y poner mayor énfasis en establecer contactos de confianza para personas mayores ayudaría, opinó la señora Gunther, porque “una vez que el dinero sale de la cuenta, es casi imposible recuperarlo”. Más estados podrían aprobar leyes que les permitan a las instituciones financieras rechazar o frenar por un plazo las transacciones sospechosas.

En el Congreso avanzan varios proyectos de ley relacionados al tema, con apoyo bipartidista. La National Strategy for Combating Scams Act requeriría que el FBI asumiera la coordinación de los esfuerzos para proteger a las personas mayores. Un proyecto de ley que restableciera una deducción del Servicio de Impuestos Internos (IRS) al menos ofrecería el consuelo de eximir a las víctimas de estafas de pagar impuestos sobre un dinero que ya no tienen.

Sin embargo, nuevas herramientas como la clonación de voz con inteligencia artificial —en la que el supuesto nieto que llama desesperado desde otro estado pidiendo con urgencia $5.000 en tarjetas de regalo suena igual que el nieto real de la víctima— les quitan el sueño a defensores y banqueros.

En la sucursal de Washington Trust donde la mujer de Rhode Island pudo salvar su dinero, días antes los empleados habían detenido una estafa similar.

Pero, más recientemente, nadie detectó señales de peligro cuando otra mujer mayor retiró $9.000 para una remodelación de cocina, hasta que el dinero terminó en manos de un estafador en lugar de un contratista.

The New Old Age se produce en colaboración con The New York Times.

KFF Health News is a national newsroom that produces in-depth journalism about health issues and is one of the core operating programs at KFF—an independent source of health policy research, polling, and journalism. Learn more about KFF.

USE OUR CONTENT

This story can be republished for free (details).

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *